El mundo va demasiado rápido.
El reloj marca nuestros tiempos. Las prisas nos acompañan desde que abrimos los ojos.
Lo queremos todo ya. Sin entender los procesos, sin aceptar el tiempo que lleva cada cosa, por insignificante que parezca.
El mundo va demasiado rápido.
Demasiado como para pararnos a observar. A observarnos.
Y no es fácil, en este mundo loco, nada fácil prescindir del reloj, teléfono, ordenador…
Pero ojo!! No se nos está yendo un pelín (bastante amiguis) de las manos?
No llego a todo. No voy a poder ver a todas esas personas a las que quiero ver. No voy a poder conseguir ese regalo especial que mi mente ha creado con tanto detalle (y no todo es paseíto a él Corte Inglés), ni siquiera voy a poder trabajar tanto como me gustaría en mejorar mi negocio en estas fechas tan difíciles…es que no voy a beberme ni la mitad de copitas (botellas) de vino que tenía pensado!! Y qué pasa? Pues que, de repente, escuchas una melodía, reconoces un olor…y te transporta a un sitio últimamente olvidado.
Un lugar de calma, de añoranza y de emociones puras donde recuerdas qué eres sin prisas, qué eres cuando estás tranquila… Y donde unas lágrimas liberadoras te acarician la cara y el alma.
Así (así de ñoña, lo sé), me he sentido hoy al pararme a escuchar a este señor tocando el piano. Me ha parecido de los regalos más bonitos que podía tener en días como hoy en los que prefiero soltar mis lágrimas por emoción que dejar que sea la frustración del no llegar la que me las arranque.

Comparto este regalo con vosotrxs porque es mi manera de regalaros, también, un poco de calma en estos días locos.

Namasté 

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